«Me aburro». Seguramente sea una de las frases más repetidas en muchas casas durante las vacaciones.
Y muchas veces aparece rápidamente una solución: «Toma, ponte un rato con la tablet.»
Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de nuestros hijos y durante el verano puede resultar todavía más difícil mantener los límites. Cambian los horarios, tenemos más tiempo libre y necesitamos buscar un equilibrio.
Por eso, además de preguntarnos «¿cuánto tiempo puede estar con una pantalla?», quizá deberíamos preguntarnos: «¿Qué función está cumpliendo esa pantalla?»
Las pantallas no son el enemigo
No se trata de demonizarlas ni de conseguir un verano completamente libre de dispositivos. Una pantalla puede ser entretenimiento, juego, comunicación o simplemente una forma de descansar.
La dificultad aparece cuando se convierte en la única manera de entretenerse, calmarse o evitar cualquier momento de aburrimiento.
El aburrimiento también enseña
A los adultos nos cuesta ver a nuestros hijos aburridos. Cuando dicen «me aburro», buscamos rápidamente una actividad, hacemos planes o recurrimos a una pantalla.
Sin embargo, el aburrimiento no siempre necesita ser solucionado. Un niño que se aburre puede empezar a imaginar, crear, jugar, explorar y buscar alternativas.
También aprende algo importante: no siempre necesitamos que alguien nos entretenga.
¿Por qué cuesta tanto apagar la pantalla?
Para algunos niños, pasar de una actividad muy estimulante a otra menos estimulante puede resultar difícil. Por eso pueden aparecer enfados cuando llega el momento de apagar la consola o la tablet.
Los límites suelen funcionar mejor cuando son claros y previsibles. Podemos anticipar el final: «Cuando termine este capítulo, apagamos y después vamos a merendar.»
Y cuando aparece el enfado, podemos validar la emoción sin retirar el límite: «Sé que quieres seguir jugando y entiendo que te enfade tener que parar. Ahora toca apagar.» Validar no significa ceder.
También nosotros somos un modelo
Los niños no solo escuchan nuestras normas. También observan lo que hacemos.
No necesitamos eliminar las pantallas, pero sí podemos crear momentos familiares sin ellas: una comida, un paseo, un juego o simplemente un rato para hablar. El equilibrio también se aprende observando.
El objetivo no es conseguir un verano sin pantallas. Es conseguir que las pantallas ocupen un lugar dentro de la vida del niño y no toda su vida.
Un verano saludable también necesita juego, movimiento, descanso, aburrimiento, contacto con otras personas y tiempo compartido.
Así que la próxima vez que nuestro hijo diga «me aburro», quizá no tengamos que solucionar inmediatamente ese aburrimiento. Podemos responder: «¿Y qué podrías inventarte?»
Porque aprender a estar sin estímulos constantes también es un aprendizaje. Y quizá uno de los más importantes.
Si en casa la conducta o los límites se os están haciendo cuesta arriba, en la clínica trabajamos psicología infantil y adolescente en Valladolid.



